Todo comenzó ahí, eran las dos de la tarde de un frío día de enero, la ansiedad se apoderaba de ella, se encontraba en la estación de metro. Todos los días entre semana cogía la misma línea para volver a casa y como siempre el bullicio la atormentaba, todo estaba lleno de gente, el vagón llegaba y no solía ser hasta el cuarto intento cuando por fin conseguía un hueco dentro. Aquello era algo horrible para ella, siempre se imaginaba muriendo asfixiada allí dentro, entre desconocidos a los que ella no les importaba nada. A veces, cuando esperaba a que llegara, se imaginaba saltando a las vías sin más, jodiendo y molestando la rutina de todos los que querían seguir con su miserable vida, como había escuchado en alguna ocasión cuando lo hacía alguna otra persona, "¡si se quería suicidar que se corte las venas en su casa y no me haga llegar tarde al trabajo!" Le daba miedo que un loco la empujara a las vías y no le diera tiempo a subir... Era absurdo la de desgracias que se le ocurrían allí, a la espera, pero tenía una manera tonta de combatirlo, era esa opción de dulce o salado, sí, unos pasos hacia la máquina expendedora y una simple decisión que hacía que se concentrara en algo. La comida siempre había sido una buena opción, excepto aquel día.
Introdujo las monedas, marco el código y vio como la chocolatina que había decidido comprar se quedaba atrapada igual que su ansiedad por comer, llevaba tiempo dándole vueltas a la idea de que todo se movía a través de señales. Ése, había decidido, debía ser su nuevo método de vivir, por lo que considero, ¡qué ingrato pensamiento!, que no debía hacer nada. Debía dejar aquella chocolatina atrapada en la máquina, sí, esa chocolatina la había salvado de ese culo grasiento que ella creía haber estado alimentando día a día. Y así, se vio reflejada en el cristal, observando su cuerpo y su destino, se dio la vuelta y salió corriendo escaleras arriba hacía su casa, ese día no comió.
Fueron años de mierda en los que nunca llegó a sonreír del todo, pero ya no iba en metro, ya no se agobiaba pensando que moriría asfixiada en un vagón por miles de personas, ella misma se estaba asfixiando.
Y fue uno de esos días que caminando acompañada de su debilidad, llegó a la boca del metro que solía coger, se paró y al alzar la vista, ahí estaba él/ella pensad en quién queráis porque no importa, sólo que se miraron y le ofreció a ella una chocolatina, igual que la que hacía tres años la había consumido. Ella fue a negársela, pero él le dijo: "cógela, es sólo chocolate, además tengo dos, he tenido suerte, he ido a comprarme una y han caído dos de la máquina". Ella con la mirada perdida recordó su idea de moverse a través de señales, él le sonrió como si fuera el más afortunado de este mundo y ella no tuvo mas remedio que sonreír del todo, los dos bajaron las escaleras de la estación y comiéndose sus chocolatinas se perdieron entre el bullicio de la gente.
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