Leyendo Brooklyn Follies de Paul Auster se me ha venido a la cabeza una cuestión.
¿De verdad todos los padres ven a sus hijos como los mejores del mundo? No me refiero a verlos perfectos sino simplemente si les caen bien, independientemente del amor que les tengan.
He escuchado a hijos hablar mal de sus padres y a padres estar hartos de sus hijos pero siempre por algún motivo feo entre ellos. No es eso a lo que me refiero, sino a tener una buena relación con ellos pero pensar: "Mi hijo es gilipollas, lo quiero pero no lo puedo ni ver" no porque te ha hecho algo malo, ni porque sean diferentes a ti o no sean como tu huebieras querido, sino es sólo que mierda, no te caen bien.
En este libro el protagonista habla sobre su hija, que para gracia mía se llama Aurora, la ve como alguien a la que nunca se le ha ocurrido ninguna observación original, algo enteramente suyo, y me pareció curioso porque no era una opinión de: "Mi hijo es muy despistado pero muy listo" o "Tiene mucho genio pero es muy buena" me pareció una opinión real, simplemente es una persona opinando de otra sin ningún halo de protección.
No tengo hijos, pero si algún día los tengo espero que me caigan bien y yo caerle bien a ellos, si no pues...¡qué les den!
Si me lee algún padre/madre pensad que después de leerle esto a mi madre creo que le caigo un poco peor que hace dos minutos, porque me ha dicho: "Eso que vas a publicar no me gusta nada, es una tontería"
Touché.
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sábado, 19 de marzo de 2016
domingo, 2 de agosto de 2015
ideas muertas, ideas vivas
Una habitación intacta;
el hueco de la cama;
las arrugas de la manta,
los cajones llenos de ropa,
libro marcado a falta de terminar,
colillas aun en el cenicero,
pañuelos usados,
olor, cualquier olor, aún en los zapatos, en la ropa sucia pendiente de lavar...
¿cuantas cosas se pueden dejar?
¿cuanto dolor se puede encontrar en cada una de ellas?
Todo igual pero vacío, todo igual pero frío, todo igual pero triste, todo igual pero dejó de existir;
solo dejó cosas sin hacer, recuerdos, y lo que mas cuesta, un extremo dolor en el corazón de los que quedaron.
La muerte es tan natural que da miedo, de hecho a mi me da miedo hasta escribir sobre ella, muchos pensamos sobre ello, pero no por escribir sobre ello te vas a morir repentinamente o sí, morirse, morirse, morirse, se me viene a la cabeza la idea de que alguien al leer esto pueda pensar: "pobrecilla lo escribió y se murió" "¿será que lo presentía? noo, es sólo que si es algo tan seguro y de lo que después de que ocurra no tendremos pensamiento ni sentimiento sobre ello me desconcierta, me desconcierta que se acabe esta partida del juego de la oca y no pueda volver a empezar una nueva.
Sí, cuando morimos no sabemos que ocurrirá, lo único que conocemos es la sensación de los que se quedan, sus sentimientos. Entonces: ¿no es mas triste la tristeza que la pérdida en sí misma? porque tal vez lo que nos espera al morir es mejor o no hay nada por lo que no hay sufrimientos, ni preocupaciones, muerto no te hacen daño, no te desahucian, no te duele el cuerpo por alguna enfermedad, ni el amor duele, ni nadie te decepciona, ni te tienes que esforzar para salir adelante, no tienes que estudiar, no tienes que aceptar trabajos de mierda para poder comer... solo te has muerto y ya no sientes nada, ni siquiera esa vida que dejaste atrás sin vivir.
Entonces por mucho que duela, la tristeza no beneficia a nadie, porque muy pocos quieren ver tristes a los que quieren, así que el "luto" ¿debería de hacerse?, ¿todo el mundo debería recuperarse pronto de una pérdida? y no solo por él mismo, sino por el que ya no está, porque ¿qué es mas desolador, morir sin un seguro de algo mejor o dejar ese sufrimiento y tristeza al marchar?.
Leyendo "La joven de las naranjas" de Jostein Gaarder, por cierto mi segundo autor noruego favorito, además de llorar y llorar y llorar al leerlo te plantea una interesante reflexión:
Y si nos dejaran elegir, si supiéramos lo que viviremos, elegiríamos vivir o no querríamos llegar a ser parte de este mundo, porque elegir vivir es elegir también que un día moriremos y se nos arrebatará todo lo que tenemos.
¿Merece la pena? es una pregunta complicada, lo sé.
Pablo Neruda
Sólo la muerte
Hay cementerios solos,
tumbas llenas de huesos sin sonido,
el corazón pasando un túnel
oscuro, oscuro, oscuro,
como un naufragio hacia adentro nos morimos,
como ahogarnos en el corazón,
como irnos cayendo desde la piel del alma.
Hay cadáveres,
hay pies de pegajosa losa fría,
hay la muerte en los huesos,
como un sonido puro,
como un ladrido de perro,
saliendo de ciertas campanas, de ciertas tumbas,
creciendo en la humedad como el llanto o la lluvia.
Yo veo, solo, a veces,
ataúdes a vela
zarpar con difuntos pálidos, con mujeres de trenzas muertas,
con panaderos blancos como ángeles,
con niñas pensativas casadas con notarios,
ataúdes subiendo el río vertical de los muertos,
el río morado,
hacia arriba, con las velas hinchadas por el sonido de la muerte,
hinchadas por el sonido silencioso de la muerte.
A lo sonoro llega la muerte
como un zapato sin pie, como un traje sin hombre,
llega a golpear con un anillo sin piedra y sin dedo,
llega a gritar sin boca, sin lengua, sin garganta.
Sin embargo sus pasos suenan
y su vestido suena, callado como un árbol.
Yo no sé, yo conozco poco, yo apenas veo,
pero creo que su canto tiene color de violetas húmedas,
de violetas acostumbradas a la tierra,
porque la cara de la muerte es verde,
y la mirada de la muerte es verde,
con la aguda humedad de una hoja de violeta
y su grave color de invierno exasperado.
Pero la muerte va también por el mundo vestida de escoba,
lame el suelo buscando difuntos;
la muerte está en la escoba,
en la lengua de la muerte buscando muertos,
es la aguja de la muerte buscando hilo.
La muerte está en los catres:
en los colchones lentos, en las frazadas negras
vive tendida, y de repente sopla:
sopla un sonido oscuro que hincha sábanas,
y hay camas navegando a un puerto
en donde está esperando, vestida de almirante.
Después de esto tendré que escribir sobre lo puñetero y bello que es vivir :)
Os dejo este poema de Walt Whitman para despedirme.
¡Oh yo, vida! Todas estas cuestiones me asaltan,
Del desfile interminable de los desleales,
De ciudades llenas de necios,
De mí mismo, que me reprocho siempre, pues,
¿Quién es más necio que yo, ni más desleal?
De los ojos que en vano ansían la luz, de los objetos
Despreciables, de la lucha siempre renovada,
De los malos resultados de todo, de las multitudes
Afanosas y sórdidas que me rodean,
De los años vacíos e inútiles de los demás,
Yo entrelazado con los demás,
La pregunta, ¡oh, mi yo!, la triste pregunta que
Vuelve: "¿Qué hay de bueno en todo esto?"
Y la respuesta:
"Que estás aquí, que existen la vida y la identidad,
Que prosigue el poderoso drama y que quizás
Tú contribuyes a él con tu rima".
Del desfile interminable de los desleales,
De ciudades llenas de necios,
De mí mismo, que me reprocho siempre, pues,
¿Quién es más necio que yo, ni más desleal?
De los ojos que en vano ansían la luz, de los objetos
Despreciables, de la lucha siempre renovada,
De los malos resultados de todo, de las multitudes
Afanosas y sórdidas que me rodean,
De los años vacíos e inútiles de los demás,
Yo entrelazado con los demás,
La pregunta, ¡oh, mi yo!, la triste pregunta que
Vuelve: "¿Qué hay de bueno en todo esto?"
Y la respuesta:
"Que estás aquí, que existen la vida y la identidad,
Que prosigue el poderoso drama y que quizás
Tú contribuyes a él con tu rima".
viernes, 26 de junio de 2015
domingo, 14 de junio de 2015
El maestro que me enseñó a atravesar espejos
Todo comenzó en 2º de bachillerato, nunca he sido una
estudiante abnegada aunque sí con una norma establecida de llegar hasta el final,
que yo creía o pensaba, aquel año teníamos que elegir una optativa y me habían
recomendado la clase de literatura universal, me gustaría reconocer que era
por lo que en esta clase se aprendía pero no sería cierto, me habían hablado
que en esta clase era fácil aprobar sin mucho esfuerzo, así que teniendo
en cuenta que tenía que ser mi último año de instituto, de una vez por todas, y debía
dedicar tiempo al resto de asignaturas que entrarían en selectividad, finalmente opté por
esta asignatura.
Era curioso como la frase más repetida desde el primer día de mis “compañeras” de clase fue: “vamos a ponernos al final y así escribimos en las agendas, que el profesor no se da cuenta” me parece divertido ahora porque seguramente aquel profesor pensaría que la clase de literatura al menos la aprovechaban para escribir, quizás en alguna de ellas se encontrara una Anna Frank pero encerrada en una hora y media de un martirio de clase con un opresor malvado que las hacía leer solo por placer. ¡Qué cosas!
En clase comenzamos con un clásico, Shakespeare, nos adentramos en Hamlet mágicamente, el profesor repartió los personajes entre los alumnos y durante unas semanas o un mes, no lo recuerdo bien, en la hora y media que duraba la clase imaginábamos estar en uno de esos teatros del S. XVI de madera, con sus músicos imprescindibles para el ambiente. Como bien aprendimos de Shakespeare, el teatro era un método de terapia para hallar la verdad. Sentíamos la tensión, parecía que escuchábamos los códigos musicales al entrar en escena.

El profesor nos animaba a emocionarnos, era grandioso verlo gritar representando el fantasma del padre de Hamlet. Desquebrajamos los personajes como nunca lo había oído hacer. Nos atormentamos con Gertrudis debatiéndose entre la maternidad y la sensualidad. Con Claudio dejamos la conciencia a un lado para movernos por la envidia sin retorno. Nos enamoramos de la locura de Ofelia, la dulce y falta de carácter, por la que sentíamos unas ganas inmensas de explotar y soltar el trauma de sus deseos reprimidos, humilladas y maltratadas como ella, influenciada por su hermano y su padre un hipócrita Polonio con su celo educativo hacia ella y su complejo de superioridad. Y como no, quisimos vengarnos como Hamlet, comprendimos su mente maquiavélica, desconfiábamos y acusábamos a todos, pero dudamos y evolucionamos como él. Y como él, también disfrutamos con la palabra y el teatro.
Y todo esto sentados en unos pupitres entre cuatro paredes, que gracias a Mariano Rivera Cross, leer teatro nunca será simplemente leer.
Dejad que os recomiende algún libro de este también gran escritor y poeta, al que sigo considerando mi profesor, "OFFMOVILL III (añicosmos y entremesiglos)" dentro encontraréis un monologo de la locura de Ofelia que estoy segura amaréis, además de otras historias como “El hábito no hace a la monja" que es de mis favoritas.

Y no puedo dejar de reconocer que fue gracias a estas clases donde descubrí a Baudelaire, Chejov, Lamartine, Hölderlin, Wordswoth y a mi admirada Nora de “Casa de muñecas” pero mi pasión, Henrik Ibsen se merece unas líneas mas extensas, otro día...
Era curioso como la frase más repetida desde el primer día de mis “compañeras” de clase fue: “vamos a ponernos al final y así escribimos en las agendas, que el profesor no se da cuenta” me parece divertido ahora porque seguramente aquel profesor pensaría que la clase de literatura al menos la aprovechaban para escribir, quizás en alguna de ellas se encontrara una Anna Frank pero encerrada en una hora y media de un martirio de clase con un opresor malvado que las hacía leer solo por placer. ¡Qué cosas!
En clase comenzamos con un clásico, Shakespeare, nos adentramos en Hamlet mágicamente, el profesor repartió los personajes entre los alumnos y durante unas semanas o un mes, no lo recuerdo bien, en la hora y media que duraba la clase imaginábamos estar en uno de esos teatros del S. XVI de madera, con sus músicos imprescindibles para el ambiente. Como bien aprendimos de Shakespeare, el teatro era un método de terapia para hallar la verdad. Sentíamos la tensión, parecía que escuchábamos los códigos musicales al entrar en escena.
El profesor nos animaba a emocionarnos, era grandioso verlo gritar representando el fantasma del padre de Hamlet. Desquebrajamos los personajes como nunca lo había oído hacer. Nos atormentamos con Gertrudis debatiéndose entre la maternidad y la sensualidad. Con Claudio dejamos la conciencia a un lado para movernos por la envidia sin retorno. Nos enamoramos de la locura de Ofelia, la dulce y falta de carácter, por la que sentíamos unas ganas inmensas de explotar y soltar el trauma de sus deseos reprimidos, humilladas y maltratadas como ella, influenciada por su hermano y su padre un hipócrita Polonio con su celo educativo hacia ella y su complejo de superioridad. Y como no, quisimos vengarnos como Hamlet, comprendimos su mente maquiavélica, desconfiábamos y acusábamos a todos, pero dudamos y evolucionamos como él. Y como él, también disfrutamos con la palabra y el teatro.
Y todo esto sentados en unos pupitres entre cuatro paredes, que gracias a Mariano Rivera Cross, leer teatro nunca será simplemente leer.
Dejad que os recomiende algún libro de este también gran escritor y poeta, al que sigo considerando mi profesor, "OFFMOVILL III (añicosmos y entremesiglos)" dentro encontraréis un monologo de la locura de Ofelia que estoy segura amaréis, además de otras historias como “El hábito no hace a la monja" que es de mis favoritas.
Y no puedo dejar de reconocer que fue gracias a estas clases donde descubrí a Baudelaire, Chejov, Lamartine, Hölderlin, Wordswoth y a mi admirada Nora de “Casa de muñecas” pero mi pasión, Henrik Ibsen se merece unas líneas mas extensas, otro día...
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Tengo entre mis manos Post-coño de Gabby Bess, el ejemplar número 120 de los 333 que se imprimieron en Almería el 4 de mayo de este año de primera edición. Ando disfrutandolo..." Y si quieres saber cómo es sentirse en la gloria te diré que la gloria es mi mano apretando el mango de madera de la fregona, haciendo un display de todos los repugnantes e indecentes tonos del color marrón".
"Sufro unos grandes tormentos por ser discreta pero las evidencias manchan el cristal".