Todo comenzó en 2º de bachillerato, nunca he sido una
estudiante abnegada aunque sí con una norma establecida de llegar hasta el final,
que yo creía o pensaba, aquel año teníamos que elegir una optativa y me habían
recomendado la clase de literatura universal, me gustaría reconocer que era
por lo que en esta clase se aprendía pero no sería cierto, me habían hablado
que en esta clase era fácil aprobar sin mucho esfuerzo, así que teniendo
en cuenta que tenía que ser mi último año de instituto, de una vez por todas, y debía
dedicar tiempo al resto de asignaturas que entrarían en selectividad, finalmente opté por
esta asignatura.
Era curioso como la frase más repetida desde el primer día
de mis
“compañeras” de clase fue: “vamos a ponernos al final y así escribimos
en las
agendas, que el profesor no se da cuenta” me parece divertido ahora
porque seguramente aquel profesor pensaría que la clase de literatura al
menos la
aprovechaban para escribir, quizás en alguna de ellas se encontrara una
Anna
Frank pero encerrada en una hora y media de un martirio de clase con un
opresor
malvado que las hacía leer solo por placer. ¡Qué cosas!
En clase comenzamos con un clásico, Shakespeare, nos
adentramos en Hamlet mágicamente, el profesor repartió los personajes entre los
alumnos y durante unas semanas o un mes, no lo recuerdo bien, en la hora y
media que duraba la clase imaginábamos estar en uno de esos teatros del S. XVI
de madera, con sus músicos imprescindibles para el ambiente. Como bien aprendimos de Shakespeare,
el teatro era un método de terapia para hallar la verdad. Sentíamos la tensión,
parecía que escuchábamos los códigos musicales al entrar en escena.
El profesor nos animaba a emocionarnos, era grandioso verlo
gritar representando el fantasma del padre de Hamlet. Desquebrajamos los
personajes como nunca lo había oído hacer. Nos atormentamos con Gertrudis
debatiéndose entre la maternidad y la sensualidad. Con Claudio dejamos la
conciencia a un lado para movernos por la envidia sin retorno. Nos enamoramos de la locura de Ofelia, la dulce
y falta de carácter, por la que sentíamos unas ganas inmensas de explotar y
soltar el trauma de sus deseos reprimidos, humilladas y maltratadas como ella,
influenciada por su hermano y su padre un hipócrita Polonio con su celo
educativo hacia ella y su complejo de superioridad. Y como no, quisimos vengarnos
como Hamlet, comprendimos su mente maquiavélica, desconfiábamos y acusábamos a
todos, pero dudamos y evolucionamos como él. Y como él, también disfrutamos con
la palabra y el teatro.
Y todo esto sentados en unos pupitres entre cuatro paredes,
que gracias a Mariano Rivera Cross, leer teatro nunca será simplemente leer.
Dejad que os recomiende algún libro de este también gran
escritor y poeta, al que sigo considerando mi profesor, "OFFMOVILL III
(añicosmos y entremesiglos)" dentro
encontraréis un monologo de la locura de Ofelia que estoy segura
amaréis,
además de otras historias como “El hábito no hace a la monja" que es de
mis
favoritas.

Y no puedo dejar de reconocer que fue gracias
a estas clases donde descubrí a Baudelaire, Chejov, Lamartine, Hölderlin, Wordswoth y a mi admirada Nora de “Casa de
muñecas” pero mi pasión, Henrik Ibsen se merece unas líneas mas extensas, otro
día...
Tengo entre mis manos Post-coño de Gabby Bess, el ejemplar número 120 de los 333 que se imprimieron en Almería el 4 de mayo de este año de primera edición. Ando disfrutandolo..." Y si quieres saber cómo es sentirse en la gloria te diré que la gloria es mi mano apretando el mango de madera de la fregona, haciendo un display de todos los repugnantes e indecentes tonos del color marrón".
"Sufro unos grandes tormentos por ser discreta pero las evidencias manchan el cristal".